Víctor del Árbol: “Me interesa cómo funciona el sistema, por qué funciona mal, y por qué es injusto”
'Las buenas intenciones', su nueva novela
Tras sus exitosas novelas Nadie en esta tierra y El tiempo de las fieras, Víctor del Árbol ha vuelto con Las buenas intenciones (Destino). Y lo ha hecho para cerrar la llamada trilogía del sicario sin nombre. Gatrópolis ha seguido la trayectoria de este recorrido literario que el reconocido autor ha llevado a cabo para mostrarnos la parte mezquina de una sociedad corrupta y entregada al mal por encima del bien colectivo.
La última novela de la trilogía del sicario sin nombre nos presenta un título, Las buenas intenciones, que da para muchas interpretaciones. Sobre todo leyendo la obra. ¿Qué mensaje has querido transmitir con esta iniciativa?
Básicamente, que las buenas intenciones y las buenas acciones no sirven para nada. Son declaraciones de intenciones vacías. Las buenas intenciones es un poco un título irónico en el sentido de que muchas veces disfrazamos lo que somos y lo que queremos. Falsos discursos de honestidad, de decencia y de quererlo mejor, cuando en realidad lo único que estamos haciendo es eso, dar rienda suelta a nuestros demonios.
Claro, leyendo esta parte de la trilogía parece que ningún personaje asume su responsabilidad sobre lo que hace, sobre lo que está sucediendo. Todo el mundo intenta justificarse, mirar hacia otro lado; parece que son ajenos a lo que está ocurriendo…
Yo creo que cada uno de los personajes de esta novela funciona un poco como funcionamos muchas veces en la vida, desde el prisma desde el que nosotros vemos las cosas. Nos construimos nuestra propia película de la realidad y nos movemos en ella. Y cualquier cosa que viene de fuera, cualquier ítem que entra para cuestionar nuestra realidad, lo rechazamos. Es decir, al final aquí todo el mundo piensa que está haciendo lo correcto, que tiene una razón para hacer lo que hace, ¿no? Y claro, ahí aparece el sicario; para darle, digamos, amplitud a eso.
Y pensar que lo que haces es lo correcto, sin valorar que afecta a terceros. Y ello no significa que el daño que infliges no tendrá consecuencias. Lo que me mosquea más de este tipo de actitudes es la ausencia de responsabilidad. Es decir, que tú hagas uso de la miseria humana para enriquecerte, como el caso de Sanabria (el constructor), y te autojustifiques diciendo que al final eso va a traer puestos de trabajo, y que si el mal no lo hago yo, os lo hará otro, porque el sistema es así.
De alguna manera no quieres la responsabilidad sobre el daño y el sufrimiento que causas a terceros. Y, claro, yo de alguna manera he escrito esta novela para obligar a esa gente; y he traído al sicario para obligarlo de alguna manera a que ellos asuman esa responsabilidad. Ese es el papel del sicario en esta novela, el de decir: yo no voy a dejar que os escaqueéis de vuestras responsabilidades”.
Fotografía de Andrea del Zapatero
Todos los personajes en esta novela acaban bajando a lo humano
Víctor del Árbol, autor de 'Las buenas intenciones'
Es curioso que precisamente el sicario tenga que ser el que dé ejemplo.
Sí, ¿por qué? Porque el sicario ya tiene un punto de partida distinto al de los demás; es decir, todos los demás van con las buenas intenciones por delante. Él es el único que no se justifica en toda la novela. Cuando está, ahí, en ese sótano encerrado, estoy buscándole su debilidad. No a ver en qué momento se quiebra, porque todo el mundo lo hace, ¿no? Aun así él sigue siendo coherente con lo que es. Entonces creo que tiene ese papel de lucidez, de decir “tú eres un cab… y a mí tus buenas intenciones no me engañan”. Es decir, “tú tienes que asumir la responsabilidad de lo que haces”.
Es una actitud muy de políticos la que adoptan los personajes de la novela en muchas ocasiones; intentan echarles la culpa a los demás de sus propios errores.
Yo no sé si será por los años, por la edad. Pero cada vez busco más rodearme de gente decente y de buenas personas. Y cuando me dicen, “bueno, lo de las buenas personas es relativo”. No, no es relativo. Hay buenas personas y hay malas personas. Y precisamente eso es lo que yo echo en falta; y creo que es un poco de lo que se habla en la novela. Es esa decencia de afrontar las cosas, no desde tu perspectiva, no desde tu interés, sino desde la ética, desde la de la gente común.
Y eso es lo que yo echo en falta; es decir, yo puedo tolerar los errores, pero desde la decencia. Porque todo el mundo se equivoca. Y los personajes de la novela cometen errores, evidentemente. Uno puede equivocarse en política. Por supuesto que sí; lo puede hacer un funcionario, igual que un escritor, un periodista. Pero tiene que ser un error, como digo, desde la decencia; es decir, que venga de la honestidad, no de la manipulación de la verdad.
Y luego hay otro tema en la novela que me interesa mucho, y es el del mal. Si hablamos de buenas personas, también podemos hablar de malas personas; es un tema que me parece muy interesante. Lanzo una cuestión. Si el mal es algo externo, que nos llega y se apodera de nosotros, o es algo que llevamos nosotros dentro.
Si es algo que llevamos dentro, las buenas intenciones no sirven para nada, porque al final volveremos a cometer los mismos errores, por muchas oportunidades que nos dé la vida. Y si el mal viene de fuera, pues entonces a lo mejor sí que lo podemos combatir. Es una premisa que se plantea en la novela.
Fotografía de Andrea del Zapatero
Hay una caterva de personajes mezquinos, ruines, mediocres en nuestra sociedad que parece como que los arrastramos
Víctor del Árbol, autor de 'Las buenas intenciones'
La grandeza que veo en la literatura, aparte de que nos hace disfrutar con una historia bien escrita y una trama como la que has contado en esta trilogía, es que encima sirve de altavoz para hacer una crítica social, de conciencia.
En cualquier caso, yo creo que es una propuesta de reflexión. Llevo muchos años escribiendo, y siempre, mi vocación, mi intención, ha sido la misma. Yo no escribo solo por lo anecdótico; yo escribo, sobre todo, por lo estructural, que es lo que me interesa. Me interesa cómo funciona el sistema, por qué funciona mal, y por qué es injusto. Y por qué se ponen por delante los derechos del mercado, o de la economía, frente a los derechos fundamentales de las personas.
Son esas cosas las que me interesan. No creo que haya que hacer una literatura de tesis ni de crítica, porque la gente sabe de lo que estamos hablando, pero sí me parece interesante para fijar un punto de partida. Me interesa mucho la historia de las víctimas, la historia de los perdedores, esas historias que ya se han olvidado con el tiempo porque la actualidad sigue avanzando, y va muy rápido. Y al final llega un momento en que la gente las olvida, ya no se acuerda de ellas.
En cambio, cuando tú las escribes, cuando recurres a ellas a través de la ficción, recuperas esas historias, se quedan ahí para siempre. O sea, cada vez que tú leas Las buenas intenciones te vas a acordar de lo que pasó en los años 80 con el Banco Ambrosiano; de lo que pasó en los años 90 con la corrupción urbanística de la crisis que dejó a miles de familias en la calle cuando explotó la burbuja inmobiliaria. Cada vez que leas Las buenas intenciones te vas a acordar de los padres o de las madres que pierden a sus hijos.
Pues este tipo de cosas, igual que en El tiempo de las fieras, son las que he recuperado; y me alegra mucho: los safaris humanos en Sarajevo, que ahora han vuelto a la actualidad; o en Nadie en esta tierra, el tráfico de personas, de niños para las películas snuffs. Es decir, estas historias, a mí, me sirven para darles el papel fundamental a las víctimas.
Hay una cosa que me parece lo más jodido del mundo; cuando tú has pasado por una tragedia colectiva o individual. Durante un tiempo la gente te abraza, y los periodistas están ahí en la puerta de tu casa, pero eso, poco a poco, se va olvidando. Llega otra historia, y ya no eres actualidad, y tu dolor sigue ahí, pero la gente se olvida de ti. En cambio, la literatura da ese consuelo una y otra vez. Por la experiencia que tengo con las víctimas de diferentes sucesos y lugares, sé el dolor que les produce la soledad cuando llega la indiferencia de la gente; cuando tú has sufrido algo y te sientes solo porque ya no le importas a nadie. Ahí es donde entra la literatura, para que siga importando.
La evolución de los personajes me ha llamado mucho la atención, sobre todo en esta tercera entrega. Parece que se humanizan todos un poco, y se les ve una debilidad que antes no se percibía.
Claro, era la conclusión lógica. Al final, lo que quería era llevarlos a todos al vertedero humano. “Bájate del pedestal, bájate del relato, bájate de la ficción, y ven al territorio de lo real, al de las emociones y las fragilidades”. Es buscar grietas en la oscuridad; se oye y se ve a cada personaje buscando una grieta. Con Soria me pasa que me da mucha pena ver cómo lo trata su mujer por un error que cometió. Esta historia puede parecer cómica, pero al final es una tragedia. Él acaba perdiendo lo único que le importa, que es su mujer. Está Clara Fité, en esa lucha desesperada hasta el final por seguir siendo honrada. O Virginia Ortiz, por, de alguna manera, rendir un último homenaje a Julián Leal. Es decir, todos los personajes en esta novela acaban bajando a lo humano. Y eso, ¿qué nos deja? Pues ese toque más melancólico, menos duro; quizá más humano. Y yo quería acabar así.
Yo quería acabar esta trilogía de una manera en la que al final todos los lectores sintieran que han estado conviviendo como en un libro de fotografías familiares, no como en una historia de asesinos y víctimas. Personas reales. Y que se queden en el imaginario de la gente.
En la trilogía aparece una serie de personajes que representa a la sociedad, con la particularidad de que todos tienen alguna mácula. Es como un desfile social de todo tipo de protagonistas de la corrupción y los malos hábitos. ¿Crees que alguno se ha quedado fuera?
(Risas). Si me lo he dejado ha sido por casualidad. Hay una caterva de personajes mezquinos, ruines, mediocres en nuestra sociedad que parece como que los arrastramos. Endémicamente es como una enfermedad que cargamos, un lastre que nunca nos ha dejado de verdad, y no nos ha permitido convertirnos en la sociedad que podríamos llegar a ser. Y esa gente es de la que se vale del poder, básicamente para seguir funcionando.
Y quería demostrar una cosa, y es que le damos a esta gente el supuesto de que son muy inteligentes, muy manipuladores, y al final lo que ves en este escenario es que son todos unos cretinos y unos mediocres y unos necios y unos estúpidos. Y que esa gente se ha adueñado del poder, de la mediocridad. Es como un grito de protesta. Es decir, “oye, ¿por qué no echamos a toda esta gente a la calle de una vez?”; “¿Por qué tenemos que seguir aguantándola?”.
Entonces, se trata de hacer una caricatura de estos personajes. La literatura sirve también para eso, para exagerar un poco, para hacer una hipérbole, para que veamos la realidad.


