Guillermo Sánchez: “La Semana Santa es una fiesta religiosa, cultural y, sobre todo, popular. Hecha por el pueblo y para el pueblo”
'Momentos estelares de la Semana Santa'
Hablar de Guillermo Sánchez es hacerlo de un periodista sevillano que se ha ganado con su saber y calidad un lugar relevante en la historia del periodismo. Disfrutando en la actualidad de su jubilación, sigue con su rica obra literaria con la publicación de Momentos estelares de la Semana Santa (El Paseo), donde nos ilustra sobre un mundo tan rico y esencial para Sevilla gracias a un plausible esfuerzo de documentación.
En Momentos estelares de la Semana Santa nos haces un recorrido por esta celebración desde sus inicios con el Vía Crucis de la Cruz del Campo, hasta lo más reciente, con la procesión extraordinaria de la Hermandad del Cachorro en Roma el pasado año. Pero lo haces a través de las historias de diferentes personajes que han ido convirtiendo nuestra Semana Santa en lo que hoy es. ¿Cómo ha sido la planificación de una obra tan ambiciosa?
Desde el principio pensé que el orden cronológico era lo más cómodo para el lector. Decidí empezar con el Vía Crucis de la Cruz del Campo, con los famosos 1321 pasos de don Fadrique Enríquez de Ribera, y con la evolución de ese Viacrucis, y luego terminar con lo más reciente. Con el amago de retirada de Morante de la Puebla, hablar de la relación de los toreros con el Baratillo, y también hablar de la presencia de El Cachorro en Roma, porque esta imagen está muy presente en toda la obra. Además fue mi última retransmisión de Semana Santa en Canal Sur, que ya estaba jubilado. Quise que el lector tuviera la absoluta libertad de moverse a través del libro y que fuese sin orden, que él decidiera por la historia.
He intentado recopilar los momentos más singulares, los que brillan con luz propia. Pero creo que hay un punto en común con todos los personajes del libro, ya sean músicos, capataces, costaleros, hermanos mayores… un punto en común de todos ellos. Y es que todos defendían que creciera la Semana Santa, aunque estuviera sometida a diferentes cánones. Entendían que era una fiesta religiosa, cultural, y sobre todo popular. Hecha por el pueblo y para el pueblo, con el colorido, la festividad, el sentido del folclore que tiene el pueblo y como oposición a la cultura y al arte oficiales.
Mencionas diferentes fuentes a lo largo del libro, de periodistas, historiadores, escritores… ¿Cómo ha sido ese proceso de documentación?
Muchas veces hablamos del miedo al folio en blanco que tienen los escritores. Y sí es verdad que a lo mejor tuve el miedo al folio en blanco con mis dos novelas, La levitación y Lluvia de almendras, pero tanto aquí, como en La macarena se viste de luto, los dos ensayos, no es el miedo al folio en blanco, sino el miedo al vacío. El miedo al vacío del narrador de radio, del narrador de televisión. Yo iba a cada retransmisión que hacía para la radio, para la televisión, cargado con una documentación probablemente inútil, estéril, pero la necesitaba para sentirme seguro. ¿Por qué? Porque en 1995, sin ir más lejos, batimos el récord de 72 horas sin retransmitir una sola cofradía por la lluvia. Lo que sí he conseguido es que con el paso del tiempo, todo ese volumen de noticias y de datos que había recopilado encontrara su formato adecuado. Y éste, evidentemente, era un libro.
Yo he tenido dos maestros desde el punto de vista de la historia. Uno era Antonio Domínguez Ortiz, que nos enseñaba a todos sus lectores a ir a la fuente primigenia. Descartar todo lo que desde la fuente primigenia hasta la actualidad no se haya contrastado. Y el otro gran historiador era Manuel Fernández Álvarez, que invitaba a todos sus alumnos a meterse en la piel de cada personaje. Eso me ha ayudado muchísimo para contar la historia. En La Macarena se vistió de luto, por ejemplo, seguí los consejos de Fernández Álvarez, hice los mismos paseos, aunque un siglo después, que hacía Juan Manuel Rodríguez Ojeda, e intentaba sentir lo mismo que él delante de La Macarena.
Fotografía de Patandi
He tenido dos maestros desde el punto de vista de la historia: Antonio Domínguez Ortiz y Manuel Fernández Álvarez
Guillermo Sánchez, autor de 'Momento estelares de la Semana Santa'
Como decíamos, el libro empieza con el primer vía crucis público, el de la Casa de Pilatos, y termina con el Cachorro en Roma. Entre ambos eventos hay varios siglos de separación en los que la Semana Santa de Sevilla parece que siempre ha tenido que sobrevivir a los acontecimientos históricos como la invasión francesa, las dos repúblicas o la guerra civil, entre otros. Ha estado en constante peligro, no solo de celebrarse cada año, sino de que desapareciera. ¿Cómo lo ves como autor de esta obra?
Sí. He aprendido mucho del paso del tiempo y la influencia que ha tenido en la Semana Santa. Lo primero que he aprendido es que, como ocurre en el cine, en la literatura o en la propia música, lo que permanece, es lo que vale. Es decir, tú puedes ser muy valiente y reinventar todo lo que quieras, pero solo lo que permanece es lo que va a quedar como un éxito, ¿no? Esto se daba en el barroco. No todo lo que se inventaba en el barroco servía. Luego se siguió dando en el Neoclasicismo, y en el siglo XIX y el siglo XX. Creo que somos hijos, no de la opulencia de la Sevilla del Siglo de Oro, sino de la Semana Santa.
Los cofrades somos hijos de la decadencia del momento en que se van los buscadores de oportunidades, los buscadores de oro de la ciudad. Llega una epidemia de peste en 1649, que reduce la población a la mitad. De 120.000 habitantes, Sevilla pasa a 60.000. Y con esos 60.000 habitantes nos mantenemos casi hasta la entrada del siglo XX. Y ellos son los que transmiten generacionalmente los valores de la Semana Santa, y creo que por ahí transcurre el cauce de la actual.
Por supuesto que el barroco es el origen, el intentar transmitir y enseñar a la gente que no sabía leer, mensajes teologales de una complejidad extraordinaria. Y luego llega la Ilustración, que acaba con los flagelantes, con la visión de los médicos sobre el prejuicio que causaban esas prácticas. De la dulcificación del barroco pasamos al neoclásico en el siglo XIX. Luego vendría el estallido de color de Juan Manuel Rodríguez Ojeda. Y ya, a mitad del siglo XX, el estallido de la forma con Cayetano González en la orfebrería. Puedes inventar lo que quieras, pero lo que permanece realmente es lo que tiene éxito, y no todo permaneció.
Hablas al principio del libro sobre los niños, de la infancia, cómo viven los niños la Semana Santa. De la nostalgia y de la inocencia. Algo con lo que todos los cofrades pueden sentirse identificados, ¿no?
Todo siempre permanece dentro de los niños. Para mí ha sido muy importante en mi vida leer y descubrir a Cernuda en la adolescencia. Descubrir Ocnos y comprobar luego de mayor que cuando la vida no es plena hay que ir al borde. Hay que volver a lo que llamaba Cernuda, “el borde de la fuente”, donde vivimos la vida como un embeleso inagotable. Y realmente la vida la he vivido como un embeleso inagotable al borde de una fuente.
Esa fuente es la del patio de San Buenaventura, donde yo he crecido como nazareno desde monaguillo con cuatro años hasta con 12. Llorar sin consuelo porque no salíamos, porque vivíamos el primer gran plante de costaleros profesionales. Desde donde sigo saliendo y buscando al niño que un día fue, que un día fui. Recuerdo que mi padre ‘cangrejeaba’ delante de los pasos, cuando se podía cangrejear, con un niño en brazos. Mi padre no dejaba de contarme anécdotas, leyendas y mitos que han permanecido en mi cabeza siempre. Creo que hay una parte de la investigación de este libro, no para descartar la leyenda, no olvidemos que la leyenda forma parte en el siglo XIX de lo más glorioso de la literatura española, sino para rellenar un montón de huecos que quedaban sin rellenar.
Fotografía de Patandi
Hay una parte de la investigación de este libro, no para descartar la leyenda, sino para rellenar huecos que quedaban sin rellena
Guillermo Sánchez, autor de 'Momento estelares de la Semana Santa'
¿Cuáles de esas leyendas reflejadas en el libro destacarías?
Por ejemplo, en las cosas que me contaba mi padre estaba el Cachorro, el modelo de Ruiz Gijón, el gitano cosido a puñaladas en la venta Vela. Luego investigas y descubres que no existe ninguna constancia del Cachorro hasta el final del siglo XIX, que es cuando empiezan las leyendas. Con lo cual, solo es una leyenda. Y es magnífico el esfuerzo de Andrés Luque Teruel, como catedrático de Historia del Arte, ante Cean Bermúdez, que es uno de los personajes que quizás más fiables sean de la historia de la ciudad. Éste es la fuente que dice que Marcos Cabrera, arrepentido por tirar el molde del otro Cristo de la Expiración, el de la Hermandad del Museo, se tira al río Guadalquivir desde el puente de Barcas y muere en el buscándolo. Luque Teruel encuentra en una notaría todos los detalles del contrato que el gremio de los plateros alcanza con Cabrera, y no estaba el que tuviera que lanzar el molde del cristo. Había otras condiciones como la pena de cárcel en el caso de incumplir los plazos de la escultura.
La leyenda y el mito están ahí, pero también, la historia. El trabajo del historiador, del investigador y del periodista está para servir de contrapeso y para que la leyenda y el mito estén en su marco poético y literario perfecto. Porque ahí tenemos que aceptarlo, no en el histórico.
Leyendo determinadas historias del libro, he llegado a pensar en las primeras veces. En cómo tendría que haber sido cuando se presenta a Sevilla la Virgen del Dulce Nombre cuando la entrega Castillo Lastrucci, o cómo tuvo que ser escuchar marchas como ‘Virgen del Valle’ o ‘Amarguras’, cuando se tocaron la primera vez. Luego, tú mismo dedicas precisamente un capítulo a esas sensaciones, focalizándolo en el Domingo de Ramos.
Es mi absoluta deformación profesional con la que he convivido toda mi vida. Hay tantos deseos no cumplidos. Si hubiese tenido un túnel del tiempo, como periodista, cuántas cosas me hubiera gustado vivir. Me hubiese gustado que me mandaran de enviado especial a México para saber dónde había sido enterrado Mateo Alemán y cómo habían sido sus últimos días. Los últimos días. Estamos hablando de uno de los grandes autores de la picaresca y muere en la indigencia en México. La hermandad de El Silencio hace el esfuerzo en mitad del siglo XX de rescatar sus restos, pero no existía ninguna prueba porque fue enterrado por caridad. Me hubiese gustado haber entrevistado a Mateo Alemán. Saber qué pensaba de Sevilla y de la traición de la ciudad. Me hubiese gustado ver por el puente de Barcas a la hermandad de La O, que no tiene ningún registro escrito de haber sido la primera hermandad en cruzar el puente. y otros registros. Me hubiese gustado ver aquello, aquel miedo. Me hubiese gustado estar con un micrófono yendo a ver cómo se plantaban Los Negritos en la catedral, que no pasaban por el aro catedralicio de visitar el balcón del Palacio Arzobispal, y que seguir por donde iban los blancos.
Me hubiese gustado, esto ya es un sueño, haber tenido la posibilidad de escribir un libro biográfico de Salvador Dorado ‘El Penitente’. Saber cómo fue cuando se enfrentó a los milicianos, a sus compañeros milicianos para salvar al Cachorro del fuego, y a tantos otros comercios de la calle Castilla. Cómo fue su vida o cómo fue su condena a muerte. Cómo vive él su indulto, cómo vive él toda la evolución hasta llegar a lo que hemos hablado de la primera salida de los hermanos costaleros. Realmente es una ensoñación tras otra de periodista. Me hubiese gustado estar ahí, pero solo tengo los datos, aunque me hubiese gustado vivirlos, porque muchas cosas están a medias. Me hubiese gustado ir a la cárcel franquista de La Ranilla en 1936, y haberme hecho amigo de su director, y hacer un documental de cómo Antonio Perea hace en la enfermería de la cárcel, con la ayuda de todos los presos, incluso de los funcionarios, al Señor Despojado de sus Vestiduras, y como dice, “más inocente que yo, que me han condenado a muerte”. A Antonio Perea le condenaron a muerte porque le dio un vaso de agua y un bocadillo a los milicianos que estaban en las barricadas de San Marcos, que pasaban hambre. Luego le fue conmutada esta pena porque realmente tenía un fondo de amor a la Hermandad de Jesús Despojado desde su constitución.
Fotografía de Patandi
Historias como las de Salvador Dorado o como la de Antonio Perea hacen pensar en lo diferente que hubiese sido la Semana Santa de Sevilla si el destino no hubiese jugado a su favor finalmente.
Muchas veces he hablado de los hermanos costaleros como una larva que crece y de repente aparece una mariposa y vuela. Y ese proceso de larva a mariposa que tienen los costaleros está guiado por gente muy concreta, como Salvador Dorado ‘El Penitente’ o Manuel Santiago, el padre de Antonio Santiago. Él es quien enseña, no solo a hacer los cuadrantes, sino también a pasar por la igualá que había inventado Rafael Franco. Manuel Santiago le dice algo muy importante a los hermanos costaleros de Los Estudiantes, les dice, “mirad, en todos los trabajos se fuma, pero en este, además de fumar, se come y se bebe”. Y les llevaba manzanilla y chicharrones, para que disfrutaran de la belleza, de la vocación de ser costalero.
Sin determinados personajes la Semana Santa sería otra. Ni buena, ni mejor, ni peor. No sabemos qué evolución hubiese tenido, pero es evidentemente que esos momentos estelares se relacionan justamente con determinados personajes que entran en la historia de manera sublime.
En el ensayo hablas de personajes que han cambiado la Semana Santa de Sevilla de múltiples maneras, y sin los que esta celebración no sería la misma. Pero de todos me gustaría resaltar dos. Uno es Juan Manuel Rodríguez Ojeda, por cómo cambia la Semana Santa en el aspecto artístico; y el otro, fray Carlos Amigo, que trabajó y perseveró para que la igualdad entre mujeres y hombres fuera una realidad en las hermandades, empezando por las hermanas nazarenas.
Con su Congreso de Religiosidad Popular, volvemos un poco al origen de nuestra conversación. La Semana Santa es un fenómeno cultural, popular, del pueblo. Fray Carlos Amigo no solo entendió eso, sino que también potenció la entrada de la mujer nazarena. Esto empezó cuando de manera experimental, cinco hermanas de Los Javieres por primera vez se ponen el hábito de nazareno, algo que debía ser natural, pero que la Iglesia, una y otra vez, durante varios siglos, lo terminaba prohibiendo.
Lo prohibió primero el Cardenal Niño de Guevara, que quería regular, estamos hablando del 1600, la presencia de la mujer. Lo prohibió el Cardenal Ilundain, que le pareció insultante que las mujeres cantaran saetas, al considerarlo una costumbre sucia. Y de nuevo el franquismo había cercenado por completo la presencia de la mujer. Y ahí llegó fray Carlos Amigo.
Y claro, Juan Manuel Rodríguez Ojeda supone la revolución, el estallido del color. La coronación popular de la Esperanza Macarena es un desafío. Es un desafío el besamanos, porque aunque tiene el visto bueno de la Iglesia, era la primera vez que se hacía con una dolorosa. La valentía para expresar y reflejar el sentir del propio pueblo. Hablamos de ese colorido que tenía la Macarena, de las flores que tenían los zaguanes y los patios. Todo ese color, toda esa alegría la transporta en sus bordados.
Rodríguez Ojeda es valiente hasta para vestir a la Macarena de luto. Hablamos de tres hitos: la coronación popular, el besamanos y vestir a la Macarena de luto, que a su vez son tres creaciones artísticas en una. Es decir, la del fotógrafo Castellano Grandell, que hace una foto que pasa a la historia, y que la Iglesia condena al no ver con buenos ojos que a la virgen se la vista de luto por la muerte de un torero. Tenemos la creación fotográfica de un fotógrafo que plasma la visión de un vestidor que viste de luto a otra creación artística, que es una imagen anónima barroca del siglo XVII.

