Alicia Gosálbez: "Todos queremos que nuestros gatos lleguen a viejos, pero nunca hablamos de cuando lo sean"
'La séptima vida de los gatos', una guía necesaria
Los gatos viven cada vez más años, pero el envejecimiento felino sigue siendo un tema del que apenas se habla. En La séptima vida de los gatos (Oberon), la veterinaria y divulgadora Alicia Gosálbez aborda, con naturalidad y sin esquivar los temas más difíciles, cómo acompañar a nuestros compañeros felinos en la última etapa de su vida. Desde las enfermedades más frecuentes hasta el duelo, pasando por los cambios vitales de las personas o la atención veterinaria a domicilio, la autora reivindica una forma más consciente y empática de cuidar a quienes forman parte de la familia.
Pensamos que nuestro gato siempre será un cachorro y cuesta enfrentarse a la idea de que también envejece.
Cuando me propusieron escribir el libro me dieron total libertad para elegir el tema, siempre que fuera divulgación sobre gatos. Y pensé: los viejos. Literalmente no había nada. No existía ningún formato al que acudir o tomar como referencia.
Todos queremos que los gatos que adoptamos, aunque sean pequeñitos, lleguen a viejos. Ese es el objetivo. Sin embargo, nunca hablamos de qué ocurre cuando llega ese momento. Es como si fuera algo que ya pasará, pero que preferimos no poner encima de la mesa.
¿Crees que sigue siendo un tema tabú?
Creo que mezcla miedo y pereza. Pasa un poco lo mismo que con las personas mayores. Al final se las termina apartando de una manera u otra porque hacerse cargo de alguien dependiente exige tiempo, atención y cuidados. Con los animales ocurre igual.
No es una conversación cómoda de tener y, por eso, la gente la evita. Las compañías también invierten mucho más en aquello que genera ilusión que en lo que genera preocupación. Se habla muchísimo del gatito pequeño porque vende más, mientras que del gato mayor apenas existe conversación.
En el libro hablas del instinto gatuno, pero también creo que debemos tener un instinto humano para entenderlos y saber qué necesitan.
Ese instinto existe, pero también se desarrolla. No es lo mismo quien ha convivido con gatos toda la vida y ha visto cómo crecen y cambian sus necesidades que quien adopta uno por primera vez.
En consulta lo veo constantemente. Hay personas que me dicen: «Cuéntamelo todo desde el principio porque no tengo ni idea«. Y es completamente normal. Muchas veces, además, adoptan un gato adulto y se han perdido algo de ese aprendizaje.
Creo que todo parte de un ejercicio de empatía que puede trasladarse a cualquier especie. Evidentemente hace falta adquirir ciertas nociones. Por ejemplo, quien ha convivido siempre con perros tiende a aplicar comportamientos que en los gatos no funcionan igual.
Los gatos son mucho más sutiles, más silenciosos y mucho más particulares. En general no les gusta el barullo ni que estén constantemente encima de ellos. Muchas veces parecen decirte: «Déjame un poco, que me agobio«. Ese instinto existe, pero puede desarrollarse, y cualquier persona con sensibilidad parte ya de una buena base.
Una de las cosas que más me ha gustado del libro es que, además de la parte divulgativa, también tiene un enfoque muy práctico. Explicas las enfermedades más frecuentes y das herramientas para detectar cambios de comportamiento o posibles problemas de salud.
Quería que fuera más un libro de cabecera que un libro para leer una sola vez. Los médicos tenemos muchos libros que estudiamos en su momento, pero a los que volvemos cuando aparece un paciente con una patología concreta. Quería que La séptima vida de los gatos funcionara igual.
La idea es que el lector tenga unas nociones básicas y que, si dentro de cuatro años a su gato le diagnostican un hipertiroidismo o una enfermedad renal, vuelva al libro y encuentre allí la información que necesita. Entonces volverá a leer ese capítulo y lo entenderá desde otra perspectiva.
No es un libro en el que uno vaya a sentirse identificado con todas las páginas porque, por suerte, no todos los gatos padecen todas las enfermedades. Es un libro al que puedes volver cuando una información concreta te interesa, porque te ha pasado a ti, a un amigo o porque tu veterinario te ha hablado de ella.
Me gusta pensar que acompañará al lector durante toda la vida de su gato. Además, la realidad ha cambiado muchísimo. Antes llegaba un gato de once años a la clínica y ya se consideraba un anciano. Ahora, para mí, un gato de once años sigue siendo un chaval. Es un gato maduro, al que hay que empezar a vigilar un poco más, pero no un gato viejo.
Mis pacientes más mayores tienen veintiuno, veintidós o incluso veintitrés años. Hoy un gato de diez años sigue siendo joven y uno de quince empieza realmente a entrar en la vejez.
Quería que La séptima vida de los gatos fuera más un libro de cabecera que para leer una sola vez
Alicia Gosálbez, autora de 'La séptima vida de los gatos'
En cierto modo, el libro también refleja cómo ha cambiado nuestra forma de entender el bienestar animal. ¿Crees que esa evolución también ha mejorado su calidad de vida?
Totalmente. También estamos mucho más concienciados de que se pueden hacer cosas por ellos.
No creo que antes se quisiera menos a los gatos. Había muchos tipos de gato, también el gato de campo, y quienes los tenían los querían muchísimo. Lo que ocurría es que no existía la conciencia de que se podía hacer más por ellos. Se tiraba la toalla muy rápido. Se asumía que hasta ahí llegaba la vida del gato y no se intentaba ir más allá.
La veterinaria ha avanzado muchísimo. Lo noto incluso comparándolo con compañeros de generaciones anteriores. No tenían las herramientas ni los conocimientos que tenemos hoy, ni tampoco familias dispuestas a decir: «Vamos a hacer todo lo que haga falta«. Ahora eso sucede mucho más y creo que ha cambiado completamente la forma de afrontar el envejecimiento de los gatos.
Además de las enfermedades, el libro hace mucho hincapié en los cambios vitales de las personas: la llegada de un hijo, adoptar otra mascota o una mudanza. Son situaciones que también afectan a los gatos y de las que pocas veces somos conscientes.
El hilo conductor de la vida de un gato es la nuestra. Intentar separar ambas cosas o pensar que una no influye en la otra es absurdo.
Durante mucho tiempo, por ejemplo, a muchas mujeres embarazadas se les recomendaba deshacerse del gato. Afortunadamente eso está cambiando y llevamos años intentando desmontar ese miedo, aunque todavía hay personas que, ante cualquier problema de salud, llegan a planteárselo.
Los gatos son animales muy longevos. No viven tres años como un hámster; pueden vivir veinte o más. Y en veinte años pasan muchísimas cosas. Te da tiempo a estudiar una carrera, encontrar un trabajo, perderlo, mudarte, casarte, divorciarte o tener hijos.
Pretender que todos esos cambios no afecten al gato, o que el gato no influya en tu vida, no tiene sentido. Es una idea que no he visto reflejada en otros libros, pero sí la he vivido constantemente tanto en mi profesión como con personas de mi entorno.
Mi objetivo con este libro, y también con mi trabajo divulgativo, es que nadie se olvide de los gatos en esos momentos. Si no puedes llegar a todo, pide ayuda. Lo importante es que alguien siga ocupándose de esas necesidades. A veces basta con pedir a otra persona que se encargue del tratamiento, del arenero o de cualquier rutina que el animal necesite.
Al final se trata de hacernos cargo, entre todos, de las cosas que realmente importan.
Antes llegaba un gato de once años a la clínica y ya se consideraba un anciano. Ahora, para mí, sigue siendo un chaval
Alicia Gosálbez, autora de 'La séptima vida de los gatos'
El último capítulo del libro está dedicado a la despedida. Es un tema duro, pero también inevitable.
Tenía que estar. El propio título ya es un spoiler: sí, al final se muere, evidentemente, todos nos morimos. Y ahí sí que existe un auténtico tabú.
La ventaja que tenemos en medicina veterinaria es que, dentro de unos límites éticos muy claros, podemos evitar el sufrimiento. El objetivo siempre es el mismo: que el animal no sufra. Cuando sabes que ha llegado el final, prolongar la situación no siempre significa darle más vida, sino, muchas veces, alargar el sufrimiento. Es una decisión muy dolorosa y necesita acompañamiento. No es fácil, pero muchas veces sí es la correcta.
Creo que se habla muy poco de todo este proceso. En las clínicas, muchas veces por falta de tiempo, no siempre es posible sentarse con las familias y explicarles todo lo que necesitan saber. Y como no es un tema agradable, tampoco suele abordarse.
Por eso en el libro digo que, si alguien no se siente preparado, puede saltarse ese capítulo y volver a él cuando lo necesite. Pero está ahí porque, antes o después, todo el mundo va a tener que enfrentarse a ese momento.
Y hay una idea en la que quería insistir especialmente: hay que quedarse. Eso de dejar al animal en la consulta e irse me parece muy triste. Lo he vivido muchas veces y también me lo han hecho a mí. Además, es muy duro para el veterinario quedarse solo con ese animal en sus últimos minutos.
Entiendo que quien compra este libro quiere hacer las cosas bien y probablemente nunca actuaría así. Aun así, necesitaba decirlo. Creo que acompañar a un animal hasta el final es el último acto de amor que podemos tener con él.
Hay un momento del libro que me emocionó especialmente: cuando hablas de cogerles la patita durante la despedida. Parece algo muy sencillo, pero muchas veces la gente se cohíbe por miedo a llorar o a sentirse observada.
A mí me da mucha pena cuando eso ocurre. Nadie debería robarte ese momento. Ni la vergüenza, ni el miedo a hacer un espectáculo.
En el caso del libro hablo de gatos mayores, así que normalmente son despedidas que, de alguna manera, sabes que van a llegar. No es un accidente ni una muerte repentina. Es un proceso que suele vivirse poco a poco. Aun así, puede ocurrir que en ese momento estés completamente bloqueado o disociado y no seas capaz de reaccionar. Si pasa, luego siempre puedes encontrar otros rituales de despedida que te ayuden a elaborar el duelo. Pero me daría mucha pena que una familia sintiera después que no abrazó a su gato, que no lloró o que no se despidió como realmente quería porque le daba vergüenza.
Llora todo lo que necesites. Es tu momento. La gente todavía se cohíbe mucho cuando se trata de animales porque sigue existiendo un gran tabú alrededor del duelo. Muchas veces ese juicio ni siquiera viene de fuera; lo tenemos interiorizado. Pensamos que alguien va a decir que somos unos exagerados. Y si alguien lo dice, sinceramente, no hay que escucharlo.
De hecho, en el libro también reivindicas algo muy bonito: que ojalá estuviera más normalizado, dar el pésame o incluso celebrar funerales cuando fallece una mascota. Al final también es una forma de cuidar a la persona.
Cien por cien. Creo que debería estar completamente normalizado. Dentro de mis posibilidades, intento hacerlo también desde la divulgación. Cada vez que fallece uno de nuestros pacientes publicamos una esquela, siempre con el consentimiento de la familia. Es una forma de que esa persona reciba cariño y también de que nosotras podamos despedirnos del animal, porque al final también perdemos a un paciente.
La respuesta siempre es muy buena. La gente empatiza, entiende lo que significa esa pérdida y la convierte en un tema del que se puede hablar con naturalidad. Al fin y al cabo, a todos se nos va a morir un gato alguna vez. Que alguien te diga «lo siento mucho» es algo muy sencillo, pero también muy importante.
Precisamente esa labor divulgativa también la haces a través de las redes sociales. ¿Cómo empezó todo?
Empezó por necesidad. En consulta, por mucho tiempo que dediques a cada familia, siempre hay cosas que no puedes explicar con el detalle que te gustaría: cómo administrar una medicación, entender una enfermedad o afrontar un problema de comportamiento.
Las redes nacieron para cubrir esa necesidad y, al mismo tiempo, para dar a conocer la clínica. Poco a poco fueron creciendo y se ha creado una comunidad maravillosa. Lo mejor es que prácticamente no existe odio. Tengo cero hate y eso es una auténtica fantasía.
Además, me encanta ver cómo la conversación ya no depende solo de mí. Yo publico un contenido y luego la propia comunidad comparte experiencias, consejos o incluso sus despedidas. Es un espacio seguro donde nadie juzga a nadie y donde cualquiera puede contar su historia. Nunca imaginé que fuera a crecer tanto. Sigue aumentando cada día y ojalá pudiera dedicarle todavía más tiempo.
Otro de los proyectos que desarrollas es la consulta veterinaria a domicilio, algo especialmente útil para los gatos, que suelen sufrir muchísimo con los desplazamientos.
Totalmente, sobre todo los gatos mayores. La idea nació de mi propia experiencia. Con mi gata, cuando necesitaba alguna prueba, siempre terminaba pidiendo favores para que vinieran a casa con un ecógrafo o para sacarle sangre. Un día pensé: «Si prácticamente todo puede hacerse en casa, ¿por qué seguimos obligando a los gatos a salir sin necesidad?«.
La mayoría de nuestros pacientes son gatos mayores, animales con miedo o con malas experiencias previas en la clínica. Para ellos cada visita supone un estrés enorme y luego cuesta mucho recuperar esa confianza.
También atendemos muchos gatos geriátricos y con varias patologías, que necesitan revisiones frecuentes. Tener que desplazarlos cada poca semana no siempre es lo mejor para ellos. Además, vemos diferencias incluso desde un punto de vista científico. Las analíticas que hacemos en domicilio son distintas a los valores de referencia habituales porque esos parámetros se establecieron con gatos sometidos al estrés de una clínica o de un estudio.
En casa encontramos glucosas más bajas, tensiones más bajas y otros valores que reflejan el estado real del animal cuando está tranquilo. Eso nos reafirma en que este modelo de atención funciona y responde mucho mejor a las necesidades de los gatos.


