Hay conciertos que funcionan por inercia y otros que se construyen desde dentro, desde lo que pasa entre el escenario y el público. Lo de Chica Sobresalto el pasado 9 de abril en la sala Malandar fue claramente de los segundos: un directo sostenido por la energía, la cercanía y una entrega sin medias tintas.
Desde el arranque con ‘Entra en bragas’ y ‘Llorando con Bad Gyal’, el tono quedó marcado: intensidad arriba y cero distancia. El repertorio fue avanzando sin perder pulso con temas como ‘Mala feminista’, ‘El milagro’, ‘Desamor’, ‘Bella rareza’ o ‘Casa 16’.
A partir de ahí, el concierto se movió con fluidez entre momentos más luminosos y otros más introspectivos: ‘Virgen de luz’, ‘Primeros auxilios’, ‘Fuera de la fiesta’, ‘El juicio’, ‘La monogamia’, ‘Tu nirvana’, ‘Amor’, ‘Bienestares malestares’, ‘Navegantes’ y ‘Poquita cosa’ fueron dibujando un setlist largo, bien armado y sin caídas.
Pero más allá de las canciones, lo que terminó de definir la noche fue su presencia escénica. Chica Sobresalto no se limita a interpretar; baila, salta, se expone, sostiene el directo con una naturalidad que engancha.
Fotografías de Isabel Alberro
Entre tema y tema, también hubo espacio para lo personal. Compartió su preocupación por su perro, tras unas pruebas recientes, y lo difícil que resulta estar lejos en esos momentos. Y ahí apareció una de las claves de la noche, esa capacidad de convertir el escenario en refugio, en pausa, en lugar donde todo se ordena durante un rato.
También se detuvo a hablar de la gira y de que la sala estaba medio vacía pero poniendo el foco en que lo más importante eran los que estaban allí. Fue un concierto sostenido más por la conexión que por los números. En esa misma línea, al presentar a su banda, reivindicó la amistad y el recorrido compartido como motor para seguir saliendo a tocar.
El público acompañó en todo momento, coreando cada tema y sosteniendo esa energía de ida y vuelta que convierte un concierto en algo más que una sucesión de canciones.
El cierre fue con ‘Fusión del núcleo’: intensidad arriba, voces compartidas y esa sensación de que todo encaja en su sitio.
Lo de Malandar no fue cuestión de volumen, sino de verdad. Y de eso, hubo de sobra.


