La artista navarra inauguró el ciclo sevillano con un concierto lleno de cambios de registro, emoción, humor y hasta un apagón que terminó convirtiéndose en uno de los momentos más espontáneos de la noche
Hay artistas capaces de llenar un escenario sin necesidad de ocuparlo demasiado. Amaia pertenece a esa categoría. El pasado 10 de septiembre, la artista pamplonesa inauguró el ciclo Pop CAAC en Sevilla ante miles de personas, en una noche que comenzó con cambios de última hora y terminó entre claqué, cucharas, un apagón inesperado y un público que terminó cantando casi a capela con ella.
La noche comenzó con Juan Gallardo, que tuvo que asumir a última hora la apertura del cartel tras la baja de Amore. El escenario parecía enorme para un solo músico: una guitarra colgada al hombro, un micrófono y una pradera llena de gente delante. Sin más compañía que sus canciones, Gallardo se encargó de poner en marcha una noche que todavía estaba por descubrir qué forma iba a tomar.
El relevo lo tomó Ouineta, que cambió radicalmente el ambiente. Rosa flúor, verde lima y una energía desbordante fueron sus cartas de presentación. La artista convirtió rápidamente el recinto en una pista de baile, moviéndose con soltura por una propuesta que mezcla dembow, reggaetón, bachata, balada acústica y electrónica. En un par de temas, una bailarina disfrazada de gata de peluche se unió a ella sobre el escenario, elevando todavía más el carácter festivo de la actuación.
Después del EP Ouineta23, publicado en 2023, en este 2026 ha llegado Ouineta Verificada, un debut que amplía ese universo musical sin demasiadas ganas de quedarse quieto en un solo género. Su actuación dejó el terreno preparado para la protagonista de la noche.
Fotografía de Isa Alberro
Cuando llegó Amaia, el escenario se transformó
Una compuerta se abrió en medio de la oscuridad y la artista apareció entre la luz, como si emergiera de una caja negra. ‘Caballito’ fue la encargada de poner en marcha el espectáculo, que rápidamente mostró una de sus principales características: aquí todo puede cambiar. Amaia pasó del piano al arpa, del canto al movimiento y de la intimidad absoluta al juego escénico sin que nada pareciera forzado.
Uno de los primeros momentos especiales llegó precisamente al piano, con su versión de ‘Me pongo colorada’, de Papa Levante. Después se sentó frente al arpa para interpretar ‘Ya está’. En ambos casos, la puesta en escena se redujo a lo esencial. Y ahí está precisamente una de las virtudes de Amaia: hacer que lo sencillo parezca suficiente.
La artista también abrió una ventana a su parte más personal con ‘Despedida’, una canción escrita tras la muerte de su abuela hace tres años. Contó que fue la primera persona cercana que perdió y que decidió convertir la canción en una celebración de la vida que tuvo.
«En vez de ponernos tristes, celebramos su vida«, explicó. Después lanzó un grito que arrancó una respuesta inmediata del público: «¡Vivan las abuelas!«.
La emoción encontró una inesperada pareja de baile en el claqué. Cada estribillo de ‘Despedida’ estuvo acompañado por una coreografía de zapateos que aportó movimiento a una canción nacida del duelo, pero planteada desde el recuerdo luminoso.
Y si algo dejó claro la noche fue que el repertorio de Amaia no termina en cantar. Composición, piano, arpa, interpretación y claqué forman parte de su caja de herramientas. En el CAAC todavía quedaba espacio para añadir otra disciplina: la percusión con cucharas, que demostró durante ‘Alarar’. Una escena difícil de imaginar sobre el papel y perfectamente natural una vez que sucede delante del público.
El concierto fue avanzando hacia su tramo final con ‘M.A.P.S’, ‘Giratutto’, ‘El encuentro’, ‘Nuevo Verano’ y ‘Quedará en nuestra mente’. En ‘Nuevo Verano’, además, tuvo un detalle con su maquillador, Vicent Guijarro, al que regaló la canción por su cumpleaños.
Fotografía de Isa Alberro
Todo apuntaba ya a una despedida cuando ocurrió lo que nadie tenía previsto. Al terminar uno de los últimos temas, el sonido desapareció por completo. El altavoz se apagó y, con él, también se fueron los instrumentos. Amaia y Sevilla quedaron prácticamente a solas, cantando a capela durante unos instantes. El fallo técnico interrumpió el concierto, pero también produjo uno de esos momentos que ningún guion puede fabricar.
El silencio se alargó algo más de lo esperado. Hasta que Amaia volvió a probar el micrófono: «¿Hola?«. La respuesta fue inmediata: una ovación desde la pradera confirmó que todo volvía a funcionar.
«Venga, que ya está arreglado el tema. Que no se me desperdigue nadie. Pensábamos que iba a ir para largo, pero menos mal que ha sido breve. Yo estaba un poco rayada«, confesó entre risas.
Los nervios todavía se dejaron notar durante los primeros segundos de ‘Yamaguchi’. Amaia tuvo que repetir el primer verso después de arrancar en un tono diferente al previsto. Superado el pequeño tropiezo, el concierto volvió a coger velocidad y encaró su recta final con normalidad.
Antes de la penúltima canción, Amaia bajó al foso para acercarse a los espectadores de las primeras filas. El gesto terminó de romper la distancia entre escenario y público. «Sois tan monos, tan majos… ¡Viva Sevilla, joder!«, exclamó antes de pedirles que se abrazaran y se cantaran la siguiente canción entre ellos.
«Gracias por hacerme sentir tan arropada«.
Entonces llegó el principio del fin. ‘Tengo un pensamiento’ puso la alfombra roja y ‘Bienvenidos al show’ desfiló sobre ella. Amaia cerró la primera noche del Pop CAAC demostrando que su propuesta no necesita elegir entre lo íntimo y lo espectacular.


